Efectos de la pandemia. Modistas y sastres valencianos afrontan la atípica celebración con pocos encargos y con la mirada puesta en el inicio del nuevo ciclo fallero

No todo es coser y cantar. Las modistas y sastres valencianos sufren las consecuencias de la pandemia y el aplazamiento de las Fallas. Después de un año y medio sin actividad entre telas, hilos y maniquíes esperan que se abra la puerta de su pequeño taller para atender los últimos encargos. Esta atípica celebración cambiará algunas de sus tradiciones, pero el color, el brillo y la seda continuarán en las calles de la ciudad. Para el sector de la indumentaria valenciana, en cambio, estas fiestas estarán lejos de asemejarse a las convencionales.

En el centro de la ciudad se encuentran algunas de las tiendas más antiguas para la industria. Entre ellas se encuentra Dalila, una tienda especializada en indumentaria fallera que ha visto mermado su negocio por la crisis sanitaria. «Todavía tenemos gente en ERTE. A día de hoy, estoy solo en la tienda con mi padre jubilado ayudándome», afirmó Salvador Pérez, dueño del comercio. Ahora, con la nostalgia de unas Fallas normales Salvador echa la vista atrás y recuerda cómo era el ajetreo habitual de su tienda. «Hay mucha desilusión con la celebración, en las rebajas de 2020 por lo menos la gente se animó», aseguró.

Como si el tiempo se hubiera congelado en marzo de 2020, los propietarios se encuentran en una delicada tesitura para sacar adelante sus negocios. Desde el sector aseguran que los arreglos han primado respecto a la confección de trajes nuevos. Con la escasez de nuevos pedidos y los empleados en ERTE, se ha agudizado la situación económica por la que están pasando los establecimientos. «El nivel de ingresos ronda el 10%-15 % de la facturación habitual de las fiestas. No solo la indumentaria valenciana, el mundo fallero en general está en angustia», dice Eugenia Maíllo, dueña del taller L’Armari de Fallera.

A pesar del impacto de esta inédita celebración en septiembre, las máquinas de coser no se oxidan gracias a los encargos infantiles de las distintas comisiones. Las modistas y sastres coinciden en que la mayoría de los arreglos que les llegan a sus talleres son para los más pequeños. «Hemos notado que en los niños es donde más se está comprando, simplemente porque han crecido», explicó la propietaria. Unos pedidos que difieren por completo con el volumen de trabajo que suelen tener durante las semanas y meses previos a las fiestas. «Es un desastre, la gente todavía tiene miedo», describió Eva Gómez, propietaria de Les Barraques Carmen Asins.

Mientras que algunos talleres se encuentran de vacaciones en la cuenta atrás, otros deciden abrir para hacer frente a todos los encargos de última hora. Las dudas en esta celebración se han trasladado también al mundo de la costura. «En unas fechas normales, estaríamos ahora de vacaciones, no trabajando», declaró Isabel Reig, dueña de El Tabalet. Pese a los distintos actos que tendrán lugar en septiembre, los miembros del sector perciben como se ha reducido la afluencia de clientes por la situación de la crisis sanitaria.

Sin embargo, los sastres y modistas no han sido los únicos que han sufrido las consecuencias de la situación actual. Los vendedores de telas, aderezos o accesorios de la indumentaria fallera también han experimentado de primera mano lo que ha supuesto el aplazamiento en dos ocasiones de la celebración. «Las Fallas se van a celebrar, pero a nivel comercial no se ve todavía alegría», aseguró Eva Gómez, propietaria de Les Barraques Carmen Asins.

El futuro del sector

Tras las escasas expectativas en este inusual calendario, muchos miembros del sector esperan ansiosos a iniciar un nuevo ciclo fallero. Sin embargo, este sentimiento desesperanzador tiene una fecha de caducidad para algunos artesanos. Marzo de 2022 se ha convertido en la ilusión de volver a la normalidad, con las agendas llenas de citas con clientes, las telas agotadas y con unos días de descanso antes del comienzo de la gran semana. «Nuestra esperanza es que a partir de septiembre, cuando pase todo esto, se despierte la ilusión», declaró Eugenia Maíllo, la propietaria de L’Armari de Fallera.

Frente al optimismo de cara a marzo de 2022 se encuentra la actual visión desalentadora. Aunque han recibido ayudas para paliar los efectos de la pandemia, también se llevaron a cabo a principios de año iniciativas como ‘Salvem la Indumentaria’ con el objetivo de concienciar a la sociedad valenciana de cómo estaba viviendo el sector la crisis sanitaria y económica. Pero para conocer el porvenir del sector todavía habrá que esperar más allá del ansiado mes de septiembre.

La indumentaria es solo uno de los sectores que ha vivido de primera mano esta inédita situación. Los artistas falleros o los pirotécnicos son otros de los colectivos más afectados. La incertidumbre y los cambios obligarán a adaptar algunas de las más antiguas tradiciones valencianas. Será la población valenciana quien tendrá que dar la última puntada para demostrar su apoyo en unos momentos muy difíciles para la industria fallera.

En otros lugares de España también sueñan con volver a la normalidad

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